La oftalmología en el México prehispánico |
Es manifestación del ser humano el preocuparse por el conocimiento del pasado, y no solamente del presente o del futuro. El estudio de la medicina prehispánica en México no se ha podido llevar a cabo de manera adecuada, ya que desde el inicio de la "Conquista" se llevó a cabo la destrucción de la mayor parte de las fuentes primarias que nos hubieran servido para tal fin. Se destruyeron templos, esculturas lienzos, etc., que seguramente hubieran proporcionado una muy valiosa información histórico-médica. Utilice los siguientes elementos en caso de necesitarlos para su contenido.
Los misioneros
Lo que sabemos de la medicina prehispánica, y por ende de la oftalmología, se lo debemos en gran parte a los misioneros llegados de Europa, que con el fin de evangelizar vinieron a nuestro país y, además de propagar su fe, se dieron a la ardua tarea de recolectar datos para interpretar nuestra historia.
Muchos de esos religiosos llegaron a aprender la lengua mexicana, entre otras más, para tener un mejor intercambio de ideas con los indígenas.
Códices y libros
En uno de esos establecimientos, el de la Santa Cruz de Tlatelolco, salió a la luz uno de los códices que han dado gran información acerca de cómo vivían los antiguos mexicanos, el Códice de la Cruz-Badiano. Este códice al igual que otros elaborados bajo la guía europea, no son del todo exactos, ya que fueron hechos con una visión extraña a la indígena.
Destacaron en esta tarea, entre otros, Fray Juan de Torquemada, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Toribio de Benavente, etc.
Fray Juan de Torquemada nos regaló su Monarquía Indiana , fray Bernardino de Sahagún, su Historia de las Cosas de la Nueva España y Fray Toribio de Benavente sus memorias o Libro de las Cosas de la Nueva España .
Por otra parte se escribieron, con la ayuda de los indígenas, las llamadas Relaciones Geográficas , que nos han aportado muchos datos de interés.
Medicina y religión
El pueblo mexicano era un pueblo sumamente religioso, amante y por lo tanto buen observador de todas las reglas que se establecían para vivir en armonía. Respetaba a sus dioses, pues tenía temor de que algo malo les ocurriese si infringían alguna ley.
Había una diosa de la medicina en general, que era llamada Zapotlatena. Bajo esta diosa había numerosos dioses, y el que correspondía tanto a la dermatología como a la oftalmología era Xipe Totec, "nuestro señor el desollado".
Fray Juan de Torquemada dice:
“Este demonio Xipe, que quiere decir calvo o atezado, era muy temido de todos, y por esta causa muy honrado, en especial, porque tenían por cosa muy cierta, y averiguada de tiempos muy antiguos, que daba muchas enfermedades a los que no le honraban, y sacrificaban; y las más ordinarias de las que le atribuían, eran viruelas, hinchazones, apostemas, sarna y enfermedades de los ojos. Por esto se preciaban todos de honrarle, y festejarle, como a Dios, que podía darles estas enfermedades.”
Medicina y religión
En las conjuntivitis se usaron gran variedad de colirios; uno de ellos era hecho con raíz de tlacopatli, de raíz de iztacquahuitl, con el que frotaban ligeramente la conjuntiva; los de goma coatli; los de corteza de capulín, los de raíz de tlatlancapatli; también se utilizaban el pulque, la leche de tzicalotl mezclado con leche de una mujer que hubiera parido, el de raíz de cozticpatli, el de raíz de tlalhuehuexotl, el de retoños de tzocuilpatli, la maceración de raíz de cozticpatli, el agua destilada de flores de chicomecatl, y el zumo de las hojas tiernas y vástagos de mizquitl, con azúcar y piloncillo.
La conjuntivitis granulomatosa, tiixnacayo (carne en los ojos) la curaban raspando la conjuntiva palpebral con una hierba áspera, al cacamalinalli, y lavando enseguida con pulque, buscando quitar las carnosidades.
Otras enfermedades oculares
Las oftalmías eran llamadas ixtemaliniztli o ixcapachiui, cuando presentaban granulaciones. El tratamiento era muy variado , y consistía en el uso de polvos, como los de goma coatli, o de colirios como el de maceración de raíz de cozticpatli o de zumo de tzicolotl, y buscaban destruir las granulaciones con raíz de ixpatli o con el zumo de cicimatic.
El pterigión o “enramada del ojo” era curado, según Sahagún, “procurando cortar la telilla, alzándola con alguna espina” y ya quitada, ponían en el ojo enfermo unos colirios de zumo de chichicaquilitl.
Para el tratamiento de la queratitis usaban colirios con zumo de azcatzontecomatl o de tlatlayotli, y cuando había componente vascular o panus usaban la raíz de tuzpatli.
Para el leucoma usaban el polvo de flores yauhtli o el ulli quemado, así como colirios de maceración de raíz de cozticpatli, de zumo resinoso de chapiztli, y en último recurso frotaban la mancha con los frutos de ayauhpatli.
A los miopes les llamaban amoixtlapaltic.
Las dacriocistitis y las fístulas lagrimales eran combatidas untándoles la pulpa del fruto del tomatl, aún hoy usada por nuestro pueblo, para estos padecimientos.
También hay un grupo de enfermedades oculares que parecen ser las que hoy se llaman ambliopías o amaurosis, para las que tenían una serie de medicamentos generales, como las semillas de ololiuhqui molidas y tomadas, y las miasmas con leche y chilli, untadas en la cabeza y en la frente. Cuidaban a este tipo de enfermos de la luz, el sol, el viento y el frío.
Conjuros y oraciones
El pueblo azteca usaba para la curación, además, conjuros y oraciones. El conjuro es un género de discurso en el cual se presupone que el que lo dice y aquél a quien va dirigido tiene fuerzas que son más o menos equilibradas. La oración, en cambio, es producto del reconocimiento de la acción de fuerzas superiores en el proceso - en este caso patológico - que se desea tratar, y entonces el hombre se coloca de antemano como inferior e incapaz de actuar por propia volición. Está sujeto al deseo de la deidad o el poderoso espíritu que lo ha enfermado y se dirige a ellos en tono suplicante, existiendo las modalidades de intervención de un sacerdote o de la oración comunitaria.
Como ejemplo de un conjuro para las enfermedades oculares se cita el siguiente:
Conjuro para los ojos doloridos e inyectadosDígnate venir, hierba nebulosa
Dígnate venir a recoger el polvo de la tierra;
Dígnate venir a limpiar lo que está dañado,
Nuestro espejo mágico.
Dignaos venir
Tíos nuestros, los sacerdotes,
Los de cinco destinos, los de un solo patio.
Dignaos acompañar a la hierba nebulosa.
Dignaos venir, mujer blanca,
Dígnate venir a limpiar
Nuestro espejo mágico”.
En el conjuro anterior la frase “espejo mágico” se refiere a los ojos.
Hernando Ruiz de Alarcón publica, en 1629, su Tratado de las supersticiones y costumbres gentilicias que hoy viven entre los indios naturales de esta Nueva España ; en él describe la cura supersticiosa de los ojos:
“Para los ojos doloridos y enramados usan comúnmente de agua fría junto al exorcismo y superstición del encanto, del cual, entre otros, usaba una María Salomé, mujer de Gaspar Rodríguez, del pueblo Tetelpan, jurisdicción de Cuernavaca, y dice: “A vosotros digo, una culebra (a las venas), dos culebras, tres, cuatro culebras, porqué maltratáis así en espejo encantado (los ojos), y su encantada faz o tez; id donde quisieres, apartaos a donde os pareciere, y si no me obedecéis, llamaré a la de las naguas y huipil de piedras preciosas, que ella os desparramará y divertirá, ella os arrojará desparramándoos, y os dejará desparramados por esos desiertos”.
Dicho este conjuro le da con el agua fría en los ojos, y como los que padecen de ordinario tiene los ojos hechos fuego, con el frío del agua sienten alivio y atribuyen el efecto al falso encanto, brutos y sin discurso a las misericordias del señor”.
También relata otros modos de curar los ojos:
“Usan también otro modo de curar con su exorcismo y encanto: entre otros, era maestra de este segundo modo Marta Mónica, vecina de Tetelzinco, barrio de Ohuapan; usan pues el zumo de la corteza del árbol llamado mezquite, que es áspero, hiriendo la corteza del árbol sale aquel humor, el cual cogen con la cabeza de un alfiler o cosa semejante, y con ella estregan el ojo hasta hacerle sangre, es con este conjuro (sic): Yo el ofrecedor de sacrificios y príncipe de encantos he traído a ti cabeza de perla (alfiler o dedo índice); ve a buscar al verde, o pardo o amarillo dolor, tú el de la cabeza de perla, busca y entiende qué Dios o qué poderoso quiere ya destruir mi espejo conjurado (los ojos); haz también tu oficio, tu conjurada medicina, verde medicina”.
Habiéndole estregado los ojos con el dicho zumo, mientras dice el conjuro antecedente agrega: “Ven acá tú, el nueve veces golpeador, ve acá conjurada medicina, sepamos quién es el Dios y quién es el poderoso que quiere ya destruir nuestro encantado espejo”.
Diciendo este conjuro unta con el dicho piciete los párpados y sobrecejas del paciente, y luego le hecha dentro de los ojos la sangre de los cañones de las plumas de la gallina recién arrancadas, que es alias experimentada medicina para los ojos doloridos y ensangrentados”.
Por otra parte, según Krickeberg, los aztecas practicaban la sangría sobre todo en casos de jaqueca, y también en casos de tumores en las rodillas, luxaciones, calambres y para algunos males de la vista.
Ya he mencionado anteriormente el uso del mezquite para las enfermedades de los ojos. Miguel del Barco (1706 – 1790), misionero jesuita, relata que en Sonora y California, también era usada esta planta. El relata: “Los cogollitos tiernos de este mezquite dulce martajados, y exprimiendo en los ojos su jugo, es buen remedio contra el mal de los mismo ojos, el cual se padece frecuentemente en la California”.
En 1585 Francisco de Villacastín escribe la Relación de Santiago Atitlán, poblado que se hallaba en lo que ahora es Guatemala, y dice: “Era (San Bartolomé) muy numeroso entonces y en donde estaba todo el comercio de la provincia y Xuchitepec, y lo manifiestan sus ruinas”.
La población estaba constituida por “indios e indias ciegos, plaga que ha cundido como contagio en algunos pueblos de la costa”, los cuales vivían “de las limosnas que piden en sartas de diez, doce o más”.
Queda abierta la duda, para la investigación, a qué se debía dicha ceguera.
Texto escrito por el doctor Rolando Neri Vela, tomado del libro Primer Centenario de la Sociedad Mexicana de Oftalmología, coordinado por el doctor Jorge Meyrán García.





